Tres lunas (prólogo y capítulo 1)

Prólogo

Llueve. Aunque la noche agradece el aguacero, yo no. Si antes había calor, ahora las gotas me obligan a viajar con los vidrios subidos y la atmósfera está caldeada por mi respiración, la del chofer y la del motor que ruge. Nada similar al confort de los micros nuevos: este es un Lada de la vieja escuela, de los que ya no les quedan caballos de fuerza para perseguir autos de marcas prestigiosas. Retirados de honor del servicio de patrullas, despojados de sus sirenas y sus emblemas habituales, para ponerse al triste servicio de morir como taxis policiacos.
El calor irradia, colándose por las hendijas de la cabina. Imagino que el chofer lleva la peor parte, porque desde el asiento de atrás no se sienten los vapores con cada acelerón. Todo esto me recuerda a los primeros camiones de los fascistas, con el tubo de escape conectado a la caja de pasajeros llena de judíos. Exagero, por supuesto. Podría ser peor, si estuviese justo ahora rumbo a casa montada en una veintisiete atestada de gente oliendo a perro mojado; luchando por deshacerse de los chubasqueros, cerrar los paraguas y tratar inútilmente de no empapar al vecino con la ropa enchumbada. De noventa a cien personas en un ómnibus diseñado para cuarenta y cinco chinos pequeñitos, todos respirando oxígeno viciado y caldeando la atmósfera con dióxido de carbono caliente… porque, con el aguacero que cae, también las ventanillas de la guagua iban a estar cerradas.
De los ómnibus tampoco extraño ahora la violación musical, impuesta por los gustos variopintos del chofer —el reggaetón más chabacano, el bolero meloso, la bachata almibarada, la timba más desquiciante…, aunque mucha alegría me diera toparme con uno que pusiese un Queen, un Metallica o un AC/DC, para tormento del resto de la masa viajera—. O por una bocina portátil a toda leche: aquí el diapasón es más estrecho, y no para mejorar. A estas horas, pondría a su dueño en la disyuntiva de si bajar el volumen por respeto a mi uniforme o subirlo desafiante, porque en apariencia una rubita joven de estatura media es una presa para el piropo y algo más.
Con el ánimo que arrastro hoy, no sería la opción más inteligente.
A mi transporte también lo han despojado de su radio, incluso el policial, negándole el derecho a enterarse si puede intervenir en una reyerta callejera, detener un ladrón o siquiera sintonizar la hora por Radio Reloj. Donde debería lucir toda la técnica, ahora nos regala un poco más de calor desde el motor un cuadrado vacío de borde irregulares, como cuando se arranca algo sin demasiado cuidado. El fin y al cabo, ¿a quién le sirve que un viejo Lada licenciado sin honores escuche, ahora que todos tenemos celulares? Él rezonga, y mientras más lo hace, más calor se siente dentro.
El vapor de agua de nuestras respiraciones se condensa sobre el cristal frío por fuera, encerrándome más en el rectángulo que forma el asiento de atrás y los de adelante. En el vidrio apenas distingo las gotas de lluvia golpeteando, iluminadas por el haz esporádico de una farola de alumbrado. Afuera, el mar, desde el Malecón, compite con el aguacero a ver quién brama más. Choca rabioso contra el diente de perro, y entre farola y farola y un rayo que congela una instantánea ocasional veo la corola de espuma de una ola contra el muro de cemento. Pero el chubasco gana por cercanía, con su traqueteo sobre la chapa del techo.
El chofer rezonga bajito, y no tiene ánimos para entablar una conversación que ahora mismo no me apetece. Prefiere concentrarse en el pavimento mojado y la poca visibilidad, librándose de cuando en vez del vaho sobre el parabrisas con un trapo húmedo que deja sobre la pizarra a cada barrida. Por imitación, apoyo el dedo sobre el cristal de la ventanilla y saboreo el frío sobre la yema, pero no me atrevo a pasar la manga y matar este rocío improvisado. ¿Para qué, si no hay nada que ver fuera? Me limito a trazar un círculo, ponerle dos ojos redondos… y quedo en vilo, sin decidirme si la sonrisa de mi carita sobre el cristal debe ser cóncava o convexa.
Una carita feliz sería un llamado interno a levantar mi ánimo, que ahora mismo está por los suelos. Un recordatorio de que, sea como sea, vendrán tiempos mejores. Dicen que sonriendo se invierten los polos, aunque se haga de forma maquinal. Pero me siento vencida. Voy a casa, mañana tendré un día libre y para mí solita y la promesa de una ducha tibia me hace olvidar un poco el uniforme azul, que tanto odio ponerme y que he tenido colgado en el cuerpo durante todo el día como una mala percha. Pero ahora me siento sucia y apergaminada, con todo el cansancio, el hastío, la inconformidad y el terrible sentimiento de sentirme inútil rodando por mi espalda y mis axilas, travestidas con gotas de sudor. Que me perdonen los emojis felices, pero pinto una mueca de tristeza sobre la ventanilla y quedo mirando mi reflejo simplificado sobre la carita apesadumbrada que me interroga con saña.
¿Quién te dijo, Samantha Valencia Torres, que tú servías para investigadora?
Yo no, carita. Yo no. Es tío Julián, o mejor, el impoluto y siempre recto Mayor Julián Percherón el que me tiene hundida en este hueco. Esto no es lo mío. ¡Si apenas soy policía! Para una vez que encuentro mi vocación de verdad, y terminar varada en la Estación de Zanja.
Estás ahí porque tú quieres, Samy, y ese es el lugar que te corresponde…
Que me pusieron, carita. Más bien, que me obligaron. Ya ni sé para qué me esforcé tanto en la Academia. Para qué entrené tan duro. Al final el Mayor me iba a poner bajo su ala, eso ya lo sabía.
Tampoco es que te vaya mal. No seas malagradecida. Mejor ahí que presa en Manto Negro. Nadie mejor que tú sabe de la pata que cojeas, y por el caminito que ibas tenías todas las papeletas para meterte en problemas. No culpes al tío Julián. Si acaso, échale la culpa al Ministro.
¿Cómo le voy a reclamar a mi padrino? El pobre hizo lo que mejor pudo, y tuvo razón. Pero bien que los dos podían dejarme un rato en paz, ahora que me tranquilicé. Estaría mucho mejor en el grupo táctico que aquí, llenando papeles y siendo el hazmerreír de la unidad.
De verdad que no tienes gandinga, Samantha. ¿Qué futuro tienes como boina negra? ¿Qué el día menos pensado un fugitivo te ensarte con un punzón? ¿Moler sospechosos a bastonazos? ¿O matarlos, con esa CZ75 tan bonita que llevas a la cintura? Mira, no me jodas, que no llegaste hasta cuarto año de Psicología para empezar a sacar el impulso de Eros y Thanatos.
Ahora que mucho me fijo, la carita triste dibujada en el cristal comienza a aguarse, pareciéndose más y más a los rastros de Orestes, alias el Ministro, el negro sabio que desde su bajo fondo y su homosexualidad logró sacarme adelante y hacerme lo que soy.
Ay, niña pelandruja. ¿Es que no has aprendido todavía que tú sola no puedes? ¿Qué tienes que dejarte guiar? Ese maldito carácter de «hago lo que me da la gana» te va a meter en problemas. Julián sabe muy bien lo que hace, y si dice que sirves de investigadora, pues hazle caso.
Es muy duro estar en un lugar donde todos saben que eres la niñita del jefe. Nunca voy a destacar por mí misma. Ni siquiera sirvo para esto. No tengo la intuición del detective.
Para que haya nepotismo tiene que haber consanguineidad, Samantha. Julián es un buen amigo, nada más. Respétalo como jefe y demuéstrales a los demás que estás en el lugar correcto. No sé de qué te quejas: puedes usar el músculo y la cabeza, porque tienes los dos.
Una novata burra dentro de un equipo de veteranos. Valiente ayuda.
Sobre la carita se condensa poco a poco el vapor de mi respiración. Los ojos redondos se opacan y dejan de ser redondos…, se parecen más a la mirada severa del Mayor Percherón, que repite la misma regañina de hace un par de horas.
Pues entonces cumple tu rol, Samy. ¿Te crees que yo o Santiago o Morales nos vamos a poner a corretear delincuentes por las azoteas? Guerra no puede hacer todo el trabajo pesado solo, ya va entrando en la fase de echar barriga y a veces es necesario un toque femenino. Eso que la intuición policíaca es un don, es una mentira grande como una casa. Pero tu punto de vista es otra cosa. Sabes cómo piensan los criminales, y esa es la empatía que le falta a este equipo. Ese es tu aporte.
El talento existe.
Sí, pero de nada sirve si no le pones encima toneladas de trabajo. Más que talento, es una cuestión de experiencia, y esa solo te la puede dar el tiempo y el sudor. Tú observa, aprende y sé parte del equipo. Que no trabajamos tanta gente en esto para hacer lo mismo, carajo. Cada quién es una pieza importante del engranaje. ¿Te imaginas si todas las partes de un reloj quisieran ser manecillas?
O sea, que yo soy la tiratiros del equipo.
Las gotas resbalan por la sonrisa invertida de la carita triste y desdibujan el arco. Ahora el Mayor Percherón me ofrece su gesto severo de labios finos.
Lo que es ahora no tiene nada que ver con lo que será mañana, oficial. Vaya para su casa, báñese, descanse, salga a pasear el domingo con su marido y déjese de comedera de mierda, que ya no es la chiquilla que mataperreaba con los negritos del Canal y tiraba piedras a los patrulleros. Usted está aquí para hacer su trabajo. El lunes la quiero con la cabeza fría. Respétese primero, respete su uniforme y haga bien su trabajo, y ya verá como los demás también la respetan. Yo confío en ti, Samantha, pero en días como estos te daría de nuevo un par de nalgadas.
Bah, mentiroso. Si como tío Julián nunca me pegó cuando lo merecía, ahora como mi jefe es mucho menos probable. Regañarme, sí, y me duele más que una retreta de patadas.
Paso la manga por el vidrio y borro esa cara con personalidades múltiples, y el vidrio limpio me devuelve en la oscuridad de la noche mi propio reflejo cansado, lleno de hastío y ojeras. Cómo odio los viernes. Cómo odio tener que vestirme de uniforme para los matutinos.
No puedo afirmar que odio ser policía, porque la otra opción desde mi niñez era ser ladrona. El Mayor, el Ministro y yo misma tratamos de romper el círculo, pero es inútil: esta cabeza dura que aprendió a pensar en el bien y el mal como elementos difusos necesitaba radicalizarse, o de otra forma iba a terminar presa. Creo que en eso fue lo único que mis dos figuras paternas han coincidido desde que los conozco. En eso, y en su mutua amistad. Que un blanco, oficial del MININT y recto como una flecha sea más que un hermano para un negro gay y narcotraficante es de las cosas que aún me hacen tener fe en la humanidad.
Pero en algo se equivocan. Yo no quiero seguir siendo investigadora. He entrenado duro, me gané mi cinta negra, me fajé con los negritos del Canal y aprendí con el Ministro la cara mala de la calle. Aprendí a disparar al nivel de los campeones, a pelear con la tonfa y el kerambit. Estudié Psicología cuatro años, y me di cuenta que no quería meterme en la mente de los criminales. Tengo mucha ira no resuelta, mucha oscuridad por dentro y necesito librarme de ella con acciones simples. No quiero tener que usarla como capa todos los días. Quiero tener una vida buena, segura y hasta cómoda, sin pensar demasiado. Solo quiero ser útil, con este conjunto de habilidades extrañas que tiene Samantha Valencia Torres, sin ser la niñita de nadie…
Pero, de momento, bajaré la cabeza y le haré caso a ambos. Me mojaré brevemente con  la lluvia cuando llegue a casa y se disipará la sensación de ahogo dentro de este Lada que ha vivido momentos mejores. Forcejearé con la puerta que no abre bien, Raúl me recibirá con su sonrisa dulce y sus brazos cálidos. Rezongaré mucho y él me escuchará con leves movimientos de cabeza, mientras me desvisto, me baño y me preparo para ir a la cama. Haremos el amor casi sin fuerzas, solo por el placer de las endorfinas y quemar las últimas calorías que me quedan y caeré dormida como un tronco, mientras él se escabulle de las sábanas y juega una última partida de World of Warcraft. No sabré a qué hora regresa, porque estaré rumiando con mi subconsciente los fragmentos de mi día, poniendo en los anaqueles correspondientes los trozos que vale la pena conservar y desechando miles de imágenes insípidas e intrascendentes.
Mañana puede que no recuerde el hastío y el cansancio de hoy. Que mi conversación con la carita se diluya como  una pompa de jabón y, por fin, encuentre el lugar que me corresponde. Quizás no sea mañana sino pronto, cuando me decida a entregar mi solicitud de traslado al grupo táctico de Montenegro y pasar por encima de la cabeza de mi tío Julián. Ya le he decepcionado muchas veces, así que será solo otra raya más para el tigre.
Pero por hoy basta de negatividad. Antes de darle las gracias al chofer por la carrera nocturna y salir del auto, le dejo para la buena suerte una nueva carita en el cristal empañado de nuevo, esta vez con una sonrisa de lado a lado. 

Lejos del mundo, un asilo…

Estaba agotada, exhausta hasta los límites de su resistencia. Cuando sus ojos perdieron el color de los azulejos de la cocina y sus piernas fallaron doblándose, sintió que él soltaba la presa sobre su garganta. Un momento después no hubiese tenido la fuerza necesaria para tomar esa bocanada de oxígeno que necesitaba justo antes de resbalar a la inconsciencia. Un poco más de presión, y la segunda vértebra cervical habría saltado en un chasquido.
Sintió que la música romántica, las voces mezcladas de los comentaristas deportivos y el golpeteo de la lluvia en el zinc del patio de la cocina se apagaban en el indefinido zumbido de un sueño. Esto duró poco tiempo, porque, de pronto, no oyó nada más.
Con un atisbo de conciencia, sintió que la izaban con precario equilibrio, para luego caer como un desmañado fardo. Abrió los ojos para cerrarlos de inmediato. Diez gotas de agua cayeron sobre sus pupilas en rápida sucesión, dándole tiempo nada más para que en su corteza visual se desdibujara un trozo de luna emergiendo victoriosa sobre una nube de tormenta. Alguien se afanaba a su lado y escuchó el roce de dos piedras corriendo una sobre otra. Luego resbaló de nuevo a la inconsciencia.
Una mano inmisericorde que le desgarró el vestido la volvió a reanimar. Solo lo suficiente para lanzar un corto gemido de protesta, cuando sintió el tirón en la ingle que deshizo la costura de sus bragas. Pero no dijo más, pues un puño duro se estampó contra su boca llenándola de sangre y devolviéndola a las tinieblas. Ellas la envolvieron, salvándola del dolor por un tiempo.
Cuando la muchacha despertó, en su cabeza sonaba un do sostenido y un fa bemol a la vez. Levantó la mejilla de algo que tenía la consistencia del cieno y la arena e intentó ayudarse con un brazo, pero resbaló y cayó otra vez en un chapoteo, incapaz de moverse. Todas sus sensaciones desaparecieron en una zambullida loca y precipitada del alma, y el universo fue solo silencio e inmovilidad. En las horas que siguieron, durmió acunada por la voz de Espronceda, que se empeñaba en repetir con voz cadenciosa y queda en su oído el grupo de redondillas:

Débil mortal, no te asuste
mi oscuridad ni mi nombre;
en mi seno encuentra el hombre
un término a su pesar.

Yo, compasiva, te ofrezco
lejos del mundo un asilo,
donde a mi sombra tranquilo
para siempre duerma en paz.

Ven y tu ardiente cabeza
entre mis manos reposa;
tu sueño, madre amorosa;
eterno regalaré;

ven y yace para siempre
en blanca cama mullida,
donde el silencio convida
al reposo y al no ser.

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