Matadero (Capítulo 1)

Capítulo 1. Pagliaccio non son

La comedia siempre surge de un lugar muy oscuro de nuestro corazón. Mi abuela me dijo un día que, aunque todo en el mundo ande mal, debo sonreír. El simple acto de contraer los músculos correctos puede hacerte cambiar de estado. Invertir los polos. Quitar lo feo con un poco de luz —eso decía ella.

Mi abuela está muerta y yo no tengo ningunas ganas de reírme…

Tampoco de llorar. No me enfado más. Ni tengo ganas de perdonar, ni ser condescendiente, o sentir ira, o resignación por lo que pasó, me pasa o dejará de pasarme. Soy la careta de Buster Keaton. Nada me inmuta, nada me mueve: no le ofrezco al mundo ninguna expresión. De sus películas mudas, en blanco y negro, siempre bebí con ansias, mientras otros preferían la teatralidad de Chaplin, los planchazos de Harold Lloyd o la dualidad del Gordo y el Flaco…

Ya me cansé de sus infidelidades, de sus traiciones. No es furia lo que siento, es hastío. Sopeso el martillo y lo encuentro agradable, tranquilizador en su materialidad. Listo para tratar todos mis problemas como si fuesen clavos. Él tendrá la decisión final, el poder de los jueces, la contundencia del que decide. Ya la he juzgado: desde hace años sé que es culpable, como ella sabe que puede hacer de mi lo que le dé su reverenda gana. No me parece. ¿Rosado todos los días, o rojo una vez? A decir verdad, no me importan ya los rojos…

Miro la hora en el celular, desde donde su foto provocativa me sonríe. Ya casi es tiempo: ella es respetuosa de los horarios. Una singá puta traidora con alma de relojera: llega puntual, cumple su hora y se va riendo. Llena de dinero y con mi corazón aplastado en su puño… Dejo el martillo sobre la cama. Saco del bolsillo el mango del bisturí y coloco una hoja nueva, con todo el cuidado posible. Hoy todo tiene que salir perfecto y no tengo otra de recambio, así que no se puede romper. Nada se me olvida: hago una bolita de la envoltura de papel plata y la dejo caer por un hueco de la rejilla del tragante…

Dejo el martillo sobre la cama. Saco del bolsillo el mango del bisturí y coloco una hoja nueva, con todo el cuidado posible. Hoy todo tiene que salir perfecto y no tengo otra de recambio, así que no se puede romper. Nada se me olvida: hago una bolita de la envoltura de papel plata y la dejo caer por un hueco de la rejilla del tragante…

Me desvisto lento y pongo el bulto de ropa en una palangana del baño. Orino, defeco y, tras pensármelo un poco, vomito también antes de tirar de la cadena dos veces, vaciar un pomo de cloro que me he encontrado tras el lavamanos en el inodoro y descargar otra vez. No habrán pruebas de que estuve aquí: soy solo un fantasma, tal como siempre lo he sido para ella. Una entidad que invoca cuando le viene en ganas para que la saque de sus problemas y arregle sus mierdas. Cuando termino, agita la mano y yo desaparezco de su vida en una voluta de vapor…

No me da mi gana americana. Lo que antes no me gustaba, ahora me molesta. La careta de Buster cae de mi cara pocas veces, pero ya decidí arrancármela hoy. Esa puta traidora se va a enterar…

Me lo pienso mejor y digo ¿por qué no?, mientras desato la tendedera plástica que está en el baño y la enrollo en mi antebrazo. La intercambio con el martillo de encima de la cama y me escondo en el ángulo del dintel. ¿Cuántas veces ensayé esto en mi mente? ¿Mil, cien? ¿En cuántas fracciones me desgarré el alma, diciéndome que es pecado matar a lo que más quiero?

Realmente, ¿la quiero tanto como para no matarla? Ella perdió la cuenta de cuantas veces me ha traicionado. Yo no. A mí es a quien le pesan los tarros, pero me han molestado por tanto tiempo que ya ni los siento. ¿Sienten la última piedra los muertos por lapidación? ¿O el enésimo cuerno de los cornudos? Como quien perdona una vez perdona por siempre, ya la he perdonado por las infidelidades.

Pero la traición es otra cosa. Puedo compartirla, pero no darla por perdida. Si voy a llorar, que sea por luto.

Al fin y al cabo, lo que voy a hacer no lo hago yo. Lo hace mi careta de Sir Alfred Joseph Hitchcock, filmando esta película desde la perspectiva del asesino. Mis ojos son de espectador, mi corazón late sin prisas, mi mano derecha empuña el martillo, mi izquierda se posa en la plancha de aluminio de la puerta para sentir las vibraciones. Tomarle el pulso a la vida casi normal de Clavel y San Martín en una tarde de viernes.

Eso pasa cuando te enamoras de una mujer que siempre tuvo alma de puta. Hasta la médula y desde chiquitica. Inhalo para calmarme, y me lleno los pulmones con olor a aromatizante barato. No hay más efluvios. Hoy la Habana no apesta para mí, porque me huele a justicia divina.

Afuera y lejos, el sonido de las fichas de dominó entremezclándose llega como ruido blanco, que se detiene y alterna con el temblor de los camiones y guaguas pasando por la calle. Tampoco falta el grito de la vecina pidiéndole a su comadre de la planta baja azúcar para el dulce de toronja. O el rumor de la música que alguien pone a volumen alto, para lucir sus altavoces nuevos de hacer sopa en el Parque de la Fraternidad.

El celular lanza un pitido breve de alarma desde el baño. La hora ha llegado. También ella. Cuando la siento trastear con la llave en la cerradura, retiro la mano de la puerta y agarro el martillo con ambos puños. La plancha de aluminio se abre y yo quedo entre las sombras. Mi querida puta traicionera entra despreocupada, cerrando sin mirar los rincones, sin sentir la negrura que rezumo por cada poro.

El primer golpe la atonta, y trasbilla por la habitación con los ojos vacíos. Camino lento tras ella hasta que llega al centro. El martillo sube y baja de nuevo, dando paso al ruido de su cuerpo desplomándose y al olor de su sangre resbalando hacia el tragante. Comienza entonces mi papel en esta obra de teatro.

¿Qué es en el fondo actuar, sino mentir? ¿Qué es actuar bien, sino mentir convenciendo? Las palabras de Laurence Olivier son para mí el bálsamo que me convierte en monigote perfecto. Me he pasado toda la vida mintiendo, así que mi realidad se construye en la palma de mi mano, mientras muevo la cuerda y el cuchillo. Aunque me engaño en el espejo cada mañana, dentro ya no tengo dudas. Me llenaré de honestidad algún día y dejaré ver mi rostro verdadero.

Ese día va a ser hoy.

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