La paz y la guerra

Émile Zola & Alexander Padrón

(Explicación relevante: este cuento parte de un ejercicio de Taller 9, en que tiene que usarse un fragmento de un texto fijo de un escritor universal y construir a partir de ahí una historia. Zola me acompañó a escribir CF).

Ellos llegaron con su tecnología superior, sus navíos volantes y sus promesas de paz. No la que deseábamos con la primera raza alienígena que hacíamos contacto, sino la misma que traían los antiguos romanos a sus conquistados. Una tranquilidad manejada con puño de acero y a golpe de muerte.

La resistencia se demostró fútil, pero la mansedumbre no es el rasgo más distintivo de los humanos. Al menos, no de todos. En cada núcleo urbano había bastante descontento como para mal organizar una lucha armada, ciudadana, persistente como el goteo de la lluvia. Los conquistadores confiaron en sus artilugios y su dominio de ciencias que parecían magia, mientras nosotros hacíamos magia para superarles: cualquier objeto puede ser letal, si se utiliza de la forma correcta en el momento adecuado. Un simple instrumento de trabajo puede ser mortal, si se emplea con la ira desbocada del esclavo.

Por años los combatimos, muriendo por decenas por cada invasor eliminado. Pero somos muchos y nos reproducimos rápido: al final todo era una cuestión de números. No es conquistar, es mantener. Nosotros conservábamos cada palmo, cada terrón. Porque era nuestro. Porque sí.

“¡Victoria!”, gritamos cuando vimos sus naves desaparecer de nuestros cielos. “¡Victoria!”, cuando dejaron de patrullar las calles y abandonaron los edificios. La algazara fue grande y nuestra alegría también, hasta que nos percatábamos que el invasor se había retirado de nuestras plazas tomadas sólo para cercarnos en ellas, como jaulas para animales irracionales.

Semanas, meses. Ningún suministro de los campos, donde campean a su antojo los invasores. La ciudad-jaula se consume a sí misma hasta los huesos, para luego devorar los cadáveres de sus hijos más débiles. Bestias humanas —antiguos héroes— rondan en los techos, prestas a saltar a la sangre y la carne de esos que defendían del invasor, que ahora ríe y observa.

Bruscamente, surge un sordo clamor en las esquinas de la jaula. Se cierran las tiendas, el toque a rebato se lamenta con voz anhelante e inquieta. Grupos de hombres armados invaden las calles, arrancan los adoquines, levantan apresuradamente barricadas. Los rugidos de la ciudad han cesado; reina en ella un silencio pesado y siniestro. Las bestias humanas se callan; se deslizan a lo largo de las casas, dispuestas a saltar. Y pronto saltan. La fusilería estalla acompañada por la voz grave del cañón. La sangre corre, los muertos aplastan su cara contra el suelo, los heridos gritan. En la jaula de los hombres se han formado dos bandos y esos animales se divierten degollándose en familia. 

La lucha se expande a cada acera, cada palmo rojo, cada terrón que la sangre aglutina. Las bestias humanas rugen y atacan todo lo que tiene carne para comer, pero las presas también saben ripostar el fuego. Cualquier objeto puede ser letal si se utiliza de la forma correcta en el momento adecuado. Un instrumento de trabajo puede ser mortal, si se emplea con el miedo inexorable a la muerte.

Todo núcleo urbano era ahora una jauría, armada, ciudadana, irracional como el avance del tornado. La diplomacia se demostró fútil, porque ante el hambre los seres humanos perdieron sus rasgos más distintivos.

Luego, Ellos llegaron con sus alimentos jugosos y tiernos, bebida abundante y sus promesas de guerra. Esa, la que estábamos tan acostumbrados a hacer qué ningún otro concepto —salvo comer— podía apagarla en nuestros pechos y zarpas.

Nos dieron tecnología que era como magia, nos embarcaron en navíos volantes que no teníamos idea de cómo controlar y nos enviaron a hacer contacto con nuestra segunda raza alienígena. Tal  como enviaban los antiguos romanos a sus conquistados a la guerra: como una turba llena de puños de acero y hambre de muerte.

Tropas auxiliares, nos llaman.


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