Rara cadena alimenticia

A los Strugatski, Alfred Hitchcock
y todos los Stalkers del Planeta.

–Madrecita, de verdad tiene que irse de aquí pronto. Luego de la falla del reactor y que se abriese la maldita Grieta, Pripyat no es seguro.

–Siempre he vivido en la ciudad, y aquí me quedo. Ya se los he dicho a los otros exploradores: soy una abuelita urbana y no me veo trabajando la tierra en la zona de exclusión, como mi palurdo hijo. Ingeniero nuclear y enterrando patatas ahora. ¡Qué descrédito!

–Pero está aquí sola… y quien sabe que horrores vienen de la Grieta. Ningún equipo de exploración ha regresado con vida de allí.

–Si hay algo malo en la planta, pues conmigo no se meten. La gente salió a la estampida y no se acordaron de mí y mis gatos, así que ahora me quedo. Comida hay más que suficiente.

El soldado miró a su alrededor, nervioso. Centenares de ojos felinos acechaban desde los edificios que circundaban el pequeño parque. Había un aroma a amoniaco fuerte de orina rancia en el aire y heces de aves. Eso parecía no molestar ni a los científicos que chequeaban sus mediciones ni a los otros exploradores, que comían para reponer las fuerzas. Entre el patinejo de dos bloques de apartamentos se veía en la distancia la Grieta, ese puente entre mundos del que nadie regresaba.

–¿Verdad que son bellos mis gatos? No les gustan los extraños, pero adoran cazar aves.

En efecto, sobrevolaban el parque miles de ellas sin animarse a bajar. Una impresionante bandada.

–Yo les traigo comida a las palomas. Sí, es un poco cruel ver como mis gatitos las cazan… pero las cosas han cambiado por acá desde que la gente se fue. Hay que sobrevivir, ¿sabe usted?

–Supongo.

–Entonces, seguro que no le molestará –la anciana se llevó dos dedos a la boca y lanzó un silbido agudísimo y apuntando al cielo–. Ni mis gatitos ni ellas comen nada desde la última expedición.

Aterrado, el soldado comprendió, mientras una avalancha de palomas descendía en grueso enjambre, que aquella vieja bruja no llevaba consigo ni una miga de pan. A los alaridos de los exploradores se sucedió un coro de maullidos.

Luego Pripyat quedó en silencio, mientras la anciana, con gastronómica aprobación, arrastraba por la cola a un gato ahíto, con el hocico lleno de plumas.

Publicado en MiNatura, especial Exploradores 2020.

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