¿Cómo lees? ¿Crítico, escritor o editor?

¡Ah, esa época dorada en que era ingenuo y leía! Desde las selvas de una Cuba dónde había jaguares y caníbales hasta las entrañas de la Tierra que cobijaban un mar, como lector aceptaba cualquier pacto ficcional y perdonaba errores —de traducción la mayoría de las veces, pero también de construcción y ritmo— en pos del disfrute de un buen libro.

Pero en la medida que las historias se van quedando chicas y tu cerebro, enemigo propio y criticón ajeno, te va convenciendo que quizás tu puedes hacerlo igual de bien o mejor… tu forma de leer se rompe.

La evolución del lector

Quizás el primer cambio se experimenta cuando pasamos de lector a lector crítico. Para él, la literatura pierde su libertad para ser un saber que debe adaptarse a cánones externos.

El lector crítico

Así, lo escrito debe cumplir ciertas leyes del psicoanálisis, la filosofía, la lingüística, la sociología, los estudios culturales y otra infinidad de finas hierbas para que resulte coherente. Además de ser comparable con otras obras literarias, y tener raíces y referentes en ellas.

A este señor que lee es difícil colarle un pacto ficcional. Ya sea crítica académica o crítica de prensa y reseñas, esta alma con monóculo y escalpelo es el filólogo perfecto. Muchas veces termina estudiando y ejerciendo esta augusta carrera, para la cual no tengo más que admiración y respeto.

Y ay de mi si digo lo contrario y caigo en desgracia para con ese respetable gremio. Con una reseña negativa, me hunden al pantano del olvido literario y no vendo un puto libro.

El lector escritor

He aquí el pollo del arroz con pollo y a lo que iba.

Cuando dejamos de ser simples espectadores y comenzamos a cocinar nuestras propias historias, la forma en que leemos también se transforma. Pasamos de ser contemplativos a comparar el trabajo de otros con el nuestro, y así es que se chiva la perra.

Un lector escritor es como un niño pequeño con un promisorio futuro en la ingeniería: no le basta con la diversión pueril del juguete, sino que necesita despiezarlo para entender cómo funciona. Esta disección no tiene el nivel de reproche del lector crítico porque no lleva el objetivo de juzgar, sino de entender.

No buscamos disfrutar la historia en sí, sino ver de qué fórmula se sirvió el autor para narrarla… para apropiarse de ella y repetirla. En una especie de ingeniería inversa, el lector escritor no saborea tanto la lectura ajena sino que trabaja en la propia. Y eso no es malo, según autores como Stephen King, para el que leer es una continuación de trabajar.

Pero la lectura de un escritor tiene también una evolución: la lectura editorial.

El lector editor

Tarde o temprano, los escritores comenzamos a interesarnos de a poco en temas editoriales. Ya sea corrigiendo el manuscrito de un colega que no puede ver sus propios errores, ora lidiando con un editor serio sobre la publicación de un texto propio, el escritor comienza a entender que no basta con contar una historia.

Hay que contarla de forma que te lean.

Y se disfrute.

Y el pobre lector no tenga que lavarse los ojos con cloro luego de terminar la última página de tu libro.

Como primer evaluador de un manuscrito, el lector editor lleva la carga de bajarle el ego al autor y señalar todos esos errores que él no ha visto. Y, además, defender a los futuros lectores de los desvaríos de un autor. Tenemos los escritores un ego enorme y eso es bueno como dioses creadores de historias, pero nos falta el olfato del contenido y la forma correcta que el lector necesita y reclama.

El Editor: lector superlativo

Porque ni los lectores son mezquinos, ni los editores son avaros. Es al escritor quien le corresponde servir a los primeros y respetar a los segundos para que su voz sea escuchada.

Eso, o gracias a la tecnología te eriges en autor, publicista, editor, agente de ventas y todo lo demás. No niego que resulta atractivo cortar al intermediario… si eso es lo que piensas del papel del editor —y no niego que algunos merecen el título de mercachifle—, eres bienvenido a alimentar tu desmesurado ego.

No me cabe ninguna duda y las pruebas se sobran: el editor, antes que nada, es un lector. En otro caso, no es nada. Pero un lector que desde su catálogo promueve lo que considera digno de leerse.

Y es quizás el más poderoso de los lectores, porque tiene poder de decisión. No es absoluto, claro está: siempre los escritores podemos irnos a probar suerte a otras puertas, echando pestes de ese señor que no sabe reconocer nuestra genialidad como autores.

¡Qué equivocados estamos!

Aunque seguro regresaré sobre el tema, mi experiencia personal me ha llegado a concluir que los escritores siempre empezamos con mala pata con los editores. Aunque bellacos y mediocres hay en todos los rangos, nuestros editores son los mejores amigos que podemos tener.

El editor —que es mucho, mucho, muchísimo más que un lector editor— es lo más cercano a un mecenas o un maestro. No nos enseña cómo escribir… que también, pero se supone que eso ya lo hacemos nosotros solitos. Nos enseñan a que nos lean, lo que es completamente diferente.

Muy lejos está el día en que un escritor podía subirse en una piedra y narrarle una historia a toda la tribu. Porque la tribu es ahora global, y hay tanta gente clamando por atención desde sus guijarros sociales que tu voz se pierde en el ruido blanco.

Así pues, tu editor es tu micrófono, tu megáfono y también tu autotune para que te oigas alto, pero también para que seas atractivo. Para ellos tampoco es fácil, en tiempos en que lo que decide no es la calidad sino las ventas.

Ser editor hoy en día es oficio de mártires o de locos. Así que, si encuentras uno que ve en ti más que un euro en la billetera, muéstrale un poco de respeto.

No seas alcornoque, escritor… y déjate ayudar.

Y lee… en cualquiera de sus variantes y modos, nunca dejes de leer (escribir o editar).

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