Palabras al viento

A Bradbury y Hemingway

Cuando las voces son tantas, suenan como el rugido de un motor a reacción. Ahora gritan más fuerte, mientras acaricio la punta de la bala explosiva que voy a poner en mi cabeza. Ellas imploran, exigen, invitan y compelen a que me baje del ómnibus y regrese a casa. Son legión, pero no me torturarán más.

Es bueno que se atropellen y vociferen todas a la vez. Así cada palabra se superpone, y no puedo entender lo que dicen. Mil voces en tropel solo hacen ruido blanco, cuando quizás una sola me convenciera con el discurso correcto.

Voy a morir, lo sé, pero ellas morirán conmigo. Bajo del ómnibus y camino a la costa.

El mar resuena ante mí como una bendición animándome a viajar, llenándome los tímpanos con su fragor y sobrepasando el lloro de las voces. Respiro hondo el salitre y sonrío. La bala, reluciente en medio de un día tan gris, es mi visa y pasaporte. Saco el viejo revólver del bolsillo y pongo mi promesa de muerte en el tambor. Con un chasquido cierro el arma, con un clic monto el percutor y con un fluido movimiento apoyo el cañón en la V de mi mandíbula. La legión llora, anticipando el silencio eterno. A mí ya no me quedan lágrimas que regalar al océano.

Lo siento mucho, señores bañistas que escaparán despavoridos ante el estruendo, en el horror de que mi cabeza pierda la mitad de su forma. Quizás debí hacer esto en casa, pero no quiero que los que me heredan tengan que limpiar mi cerebro de las paredes a cepillo. Mejor así, y que la pleamar se lleve toda la bazofia del diente de perro, y que los cangrejos y los peces se alimenten de lo poco que aún queda en mí de aprovechable. Ya veremos si la legión logra discursear con sus cerebros primitivos.

No oigo el “bang”, pero siento la quemazón de la pólvora sobre los nervios y el embate del proyectil traspasando el paladar como un débil blindaje. Así lo entiende la carga explosiva, con su única neurona que dice sí o no, por lo que asume que debe estallar y lo hace justo en medio de mi núcleo caudado…con todo lo que eso conlleva.

Pero cuando las voces son tantas, suenan como el rugido de un motor a reacción. A bordo del único trocito de encéfalo que quedó pegado en mi cráneo, parten a perseguir a los que huyen.

Publicado en la Revista MiNatura, enero 2020


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