Casmodia: la pandemia silenciosa

Es más contagiosa que el COVID-19. Aunque nadie se ha muerto por su causa, en este 2020 todos estamos infestados por ella. Por el momento no tiene cura, porque librarse de enfermar depende mucho del tiempo que estemos en casa. Mientras más enclaustrados estamos, más nos golpea.

Si ya desperté tu curiosidad, vamos al tema. La casmodia es la acción de bostezar una y otra vez de forma incontrolable. Sí, esta información es nueva basura que aprendes por ahí. En tu caso, leyéndote este artículo que escribo… justamente para dejar de bostezar mirándome el ombligo y haciendo mucho de no hacer nada.

El bostezo interminable

No hay hora del día que estés a salvo de la casmodia. Antes, entre el trajín de ir de un lado a otro por motivos de trabajo, placer o supervivencia no había mucho tiempo para el bostezo. Quizás una reunión de trabajo, conducida con particular cadencia gangosa, donde se informan de las disposiciones por obra y gracia del “ordeno y mando” de los organismos superiores, ya sin espacio para la polémica. O sentado cómodamente —o no— en un largo viaje intermunicipal, regresando de una guardia o yendo a ver a la novia (o novio o novie, no voy a enredarme en eso ahora).

Sobreviene entonces esa cosquillita detrás del paladar, en que el cerebro se está agobiando por la falta de uso y de oxígeno, y se desata esa acción incontrolable de abrir la boca, separar los maxilares y realizar una inspiración profunda —como si en ello literalmente te fuese la vida—, seguida de una espiración de alivio.

¡Qué placentero es bostezar! No vamos a llevarlo a la comparación con el orgasmo, pero echando números, dura aproximadamente 41 segundos en los que nuestro organismo estira los músculos faciales, abre las trompas de Eustaquio y realiza miles de pequeñas acciones, además de oxigenar nuestro agobiado cerebro. Luego de bostezar nos sentimos algo más despiertos, más vivos, energizados… vamos, como después del sexo, endorfinas incluidas.

No digo que sea un sustituto, pero si tenemos en cuenta que una persona como promedio puede bostezar más de 40 veces al día, no creo que ni el mejor actor nopor pueda acercarse a esa cifra. Además, se puede hacer en público, sin que te lleven de paseo a la estación de policía.

Ahora es peor

Claro, lo de 40 veces al día era antes de la pandemia. Ahora, con el quédate en casa a mirar paredes, puede que esa estadística se triplique, tirando por lo bajo. Así que ya andamos por unas cifras de casmodia que pa´ qué.

Lo más terrible del caso es que el bostezo es una de las llamadas pautas fijas de acción. Nadie puede bostezar a medias, y además es contagioso de forma egoísta. Si ves a alguien bostezar, es muy probable que tu propio cerebro diga “ ¡Hey, ese está recibiendo más oxígeno del que le toca! Yo también quiero”. Y vas y bostezas. Lo cual provoca que la cadena siga y siga.

Pero, como en todas las cosas, llegó el COVID-19 y mandó a parar. Es cierto que ahora la casmodia no puede contagiarse tanto: solo eventos de transmisión local —entre los miembros de la misma familia, viendo nuestra animadísima programación de la tele— y, como es mi caso, nivel paciente cero. Para pegarme los bostezos, tendría que mirarme en el espejo.

¿Cómo evitar al enemigo silencioso?

Las recomendaciones para evitar la casmodia con casi las mismas para evitar la pandemia del coronavirus:
Uso obligatorio del nasobuco: así no te enteras cuando el de al lado tuyo bosteza o se está riendo de un chiste que se acordó, porque los ojos se le ponen chinitos.

Las buenas maneras dicen que debes taparte la boca cuando bosteces, para cortar la trasmisión de la casmodia. Ahora, si te bajas la nasocosa para pegarle el bostezo a otro en la cola del pollo, te suenan 2000 y 3000 pesos por gracioso y virulento.

Lavado enérgico de las manos: mientras lo estás haciendo estás distraído y no bostezas. Aunque puede que te aburras de hacerlo por un minuto completo y lo hagas de todas formas.

Distanciamiento social: pero más de 10 metros y sin línea de visión. Ojos que no ven, cerebro que no bosteza.

A esto se le suma hacer ejercicios, dormir lo suficiente, leer libros, tener orgasmos (mejor en compañía que en solitario), ver y hacer memes, reírse de buenos chistes aunque los ojos se te pongan igual de chinitos, ponerse los ojos chinitos por otras causas que no voy a detallar, comer cosas sabrosas (con o sin orgasmos incluidos), ver buenas series y películas (aún quedan algunas) y cualquier otra actividad que mantenga al mondongo de la cabeza en un parque de diversiones.

Aunque, ya bien puestos a pensar, la casmodia es un mecanismo de defensa útil y necesario. Hay tareas que aún la necesitan, como hacer 6 horas de cola (con suerte) para comprar champú o sobrevivir con poca afectación a la cordura a los apagones.

Así que si lo deseas, bosteza a tus anchas y roba un poco de oxígeno gratis, antes que hacienda se dé cuenta y ponga un impuesto por respirar. De todas formas, estoy seguro que, tal como yo escribiendo, has bostezado un par de veces leyendo esta disertación-divagación sobre la casmodia.

Entonces, sé bueno/a y déjame un “me gusta” si has sonreído, y un comentario si te hice bostezar.

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